domingo, 16 de enero de 2011

Carta no enviada

Todos tenemos esa cartita escrita en un cuaderno olvidado en el fondo de un cajón en el clóset, debajo de los calcetines; esa que nos sale del corazón un sábado cualquiera por la tarde, cuando está nublado y extrañamos más a ese o esa destinataria y más nos hace falta al lado; esas paginas que quisiéramos enviar, pero que, por alguna razón, se queda en ese cuadernucho al que ya se le cayó la pasta y al que nos da miedo leer por poder volver a sentir aquello que nos llevó a escribir la carta en primera instancia.

Ahora, tras desempolvar un poco mi clóset, transcribo una de esas cartitas inútiles que lo serían menos si se hubiesen enviado.


¡Hola! Empiezo con un "hola" porque no sé qué más decir. O más bien, no sé cómo decirlo. No sé cómo empezar a expresar lo que siento, porque siento que quizá no quiera expresarlo. No sé si quiera escribirlo y, más aún, no sé si quieras tú leerlo. Y todo por miedo, por inseguridad, por estar tan joven y no atreverme a besarte.

Recuerdo que antes platicábamos muy seguido. Recuerdo muy bien las horas que duramos alguna vez discutiendo sobre tonterías y banalidades. Recuerdo tu sonrisa cuando te decía algún cumplido tonto. Éramos cercanos en secreto, amigos en público, amantes en mi corazón.

Creeme que nada ha cambiado desde entonces. Sigues teniendo tu lugar bien apartado en mi corazón, que aún late con fuerza cuando te recuerda, cuando te ve, cuando sabe algo de ti por una foto perdida o un dibujo mío en la tapa de un cuaderno de esos tiempos. Sigue teniendo un espacio muy especial en mis recuerdos, esa tarde cuando aceptaste ir conmigo.

Recuerdo esa noche. Hacía frío; un poco quizá. Platicamos como todas esas otras veces. Quizá tú platicaste más que yo. Suelo hacer eso.

Fue una velada interesante, porque pude ver tu rostro más de cerca que otras veces. Estaba nervioso. Tú también lo estabas, pude notarlo. Nunca lo entenderé, pero lo estabas. Sonreía como un admirador patético de alguien famoso. Te veía quitar tu cabello de tu rostro con la mano y sonreía. Era feliz junto a ti. Lo seré siempre que recuerde tenerte cerca.

Luego, terminó la noche. Te acompañé. Y antes de despedirnos, te vi fijamente. Sabía lo que quería. Sabía que lo esperabas tú también. Me quise acercar para darte un beso en los labios. No era amor insaciable. No era amor implacable, ni incontenible. Simplemente te quería y quería tocar tus labios con los míos para decirte "buenas noches, gracias por estar en mi vida". Y no lo hice.

A la fecha no sé por qué no te besé. No hubiera perdido nada. O, al menos, nada más de lo que ya perdí.

Desde esa noche, prácticamente no hablamos. Nos hemos dirigido la palabra unas tres o cuatro veces y he tratado de muchas maneras que volvamos a reunirnos, aunque sea para saludarte, preguntarte por tu vida y volver a esa distancia que nos separa tanto, sin ser tan grande. No ha habido éxito. Es como si nuestra amistad se hubiera acabado por culpa de esa noche.

Te entiendo, tienes trabajo. Aun así me gustaría saber de ti. Creeme, aún te quiero, y mucho. Te he ocultado mensajes en mis poemas. Búscalos. Ahí estás: entre los versos, inmersa como un factor común. Te extraño.

Lamento si te lastimé. Solamente ha sido mi estupidez, no mi falta de cariño. Si deseas algún día llegar de improviso y saludarme, contarme un poco de tu vida, tomar mi mano aunque sea unos segundos, volveré a sonreír como tonto al ver tus ojos. Volveré a querer besarte... y trataré, en esta ocasión, de hacerlo.

Te extraña con todo el corazón,

Hugo.

lunes, 3 de enero de 2011

Propósitos 2011

Nunca había escrito mis propósitos de año nuevo. Y como quiero que este 2011 sea excelente, empezaré por hacer esta lista:

1. Dejaré de posponer las cosas: Mientras más pronto y rápido sea todo, mejor. Como un curita.
2. Haré ejercicio cuatro veces a la semana, aunque haga calor, frío, sea muy tarde o muy temprano.
3. Desayunaré todos los días: No más gansitos y submarinos para matar el hambre a media mañana.
4. Escribiré una nota, un post en mi blog o una página de algún otro texto al menos cada tercer día.
5. Encontraré un nuevo pasatiempo: El facebook ya no me satisface del todo.
6. Me estacionaré lo más lejos posible para caminar (lo cual NO contará como mi ejercicio del día)
7. Leeré al menos tres libros este año (número estándar para un mexicano): Los libros que tengo a medias no cuentan. Ahora que terminé de leer 'El Símbolo Perdido' tendré que encontrar algún autor que sea tan fácil de leer como Dan Brown.
8. Bajaré de peso. Si los propósitos 2, 3 y 6 no ayudan al respecto, tomaré Fatache o algo así, no me importa.
9. No haré dieta, pero cuidaré más lo que como.
10. Seré más puntual: Importante notar el "más".
11. NO aprenderé a desconfiar de la gente.
Y el más importante:
12. Ayudaré a la gente que me rodea a ser feliz.

Espero que este año cumpla todos ellos :)

jueves, 8 de julio de 2010

Esférico 2010 - Parte IV. Volver con la frente marchita.

(Argentina-México)

En 2006, la Selección Mexicana llegó a octavos de final, tras ganar un partido, empatar otro y perder otro en la ronda de grupos. La llave llevó a México a enfrentarlo con Argentina. Con un equipo lleno de estrellas, como Crespo, Abbondanzieri y un muy joven Messi, la Albiceleste venció al Tri con un golazo épico en el tiempo extra de un 1-1 dramático, sufrido y muy bien jugado. Le tocó, después, a Argentina enfrentar a Alemania y perder en penaltis, con un Jens Lehmann inspirado (y preparado).

Cuatro años después, la Selección Mexicana llegó a octavos de final, tras ganar un partido, empatar otro y perder otro en la ronda de grupos. La llave llevó a México a enfretarlo una vez más con Argentina. El perfecto déjà vu para el perfecto partido. México alineó a Guardado y Chicharito en lo que pareció el mejor planteamiento de toda la Copa del Mundo y comenzó, así, el que parecía el partido para la Historia, el fin de los complejos, la salvación de las masas.

México dominó el primer lapso de partido. Salcido estrelló un tiro en el travesaño, Guardado mandó un disparo muy cerca del poste derecho del meta argentino y Hernández mandó un remate desviado. Messi, como todo el mundial, se sentía desesperado y, tras un leño por parte de Torrado, se vio muy temeroso y debajo de su nivel. Parecía que sólo era cuestión de tiempo para que México aventajara en el marcador. Sin embargo, justo como con los demás partidos del mundial, México dominó y, cuando parecía dominar más, un error gravísimo de los árbitros dio como válido un gol en clarísimo fuera de lugar. Esto terminó por desconcentrar al equipo, propiciando un error de Osorio que derivó en el segundo gol.

México no pudo reaccionar. Tévez anotó un golazo y puso el 3-0 lapidario. Aun con el gol impetuoso de Javier Hernández, México no pudo reaccionar. Perdieron como siempre. Lo malo de todo esto es que no jugaron como nunca. Su juego ya desde hace tiempo es el mismo. Muestran talento y buen manejo de balón; su técnica en cada línea es notable y cada vez hay más jugadores que debieran militar en ligas más competitivas que la mexicana. Jugaron como siempre y perdieron como siempre. A pesar de dar el paso en la forma de jugar, no dan el paso de avanzar a la siguiente fase.

Se pueden rescatar muchos aspectos muy buenos del partido: desde la determinación con la que salió Guardado a jugar, la calidad de Salcido, la garra que pone Torrado, la tranquilidad en defensa que ha brindado el Maza Rodríguez, la solidez ofensiva que ofrece Javier Hernández y la excelente disposición de Juárez y Barrera, hasta la manera en que los jugadores y el técnico afrontaron la derrota y dieron la cara a los medios. Sin embargo, como en cada partido, los errores han sido fatales para la causa tricolor.

El primer error no se dio en el partido en sí, sino desde antes: Las alineaciones poco arriesgadas de Aguirre dejaron un mal sabor de boca en toda la afición y los medios. Nadie entendió del todo por qué no había incluido a Guardado más que en dos medios tiempos durante toda la ronda de grupos y por qué si Hernández había sido el mejor anotador del proceso previo al mundial, prefirió alinear a Guillermo Franco, quien fallaba cada partido en todas las funciones que se le habían encomendado. Hernández anotó el primer gol en la victoria sobre Francia y, aún así, no fue de la confianza de Aguirre como para jugar de itular contra Uruguay. Lo de Guardado rayaba en lo grotesco. Fue, sin duda para nadie, el mejor jugador en el campo cada vez que jugaba. Andrés se animaba, corría, metía, peleaba, disparaba y, después, inevitablemente, tenía que salir ante la terquedad de un técnico que, notoriamente, tenía un problema personal con el volante del Dépor. No significa que jugando ellos se hubiera logrado ganar todos los partidos por goleada, pero siempre quedará la duda de qué habría pasado si Aguirre se hubiera arriesgado. Si se hubiera perdido arriesgando, nadie habría criticado, pero se perdió con los mismos de siempre, jugando el mismo futbol de siempre. Yo no creo, sin embargo, que lo de Bautista haya sido un error. En los 45 minutos que jugó, no desentonó con el equipo (como sí lo hicieron Blanco y Franco), luchó y generó, al menos, una jugada de peligro por una falta que le cometieron. No fue el más brillante, pero no fue el desastre que quieren convencer a todo mundo.

El segundo error no fue de los jugadores (hasta cierto punto) ni del entrenador: Los árbitros no marcaron dos fueras de lugar en una misma jugada, la cual derivó en el primer gol de los gauchos. Sin embargo, el Conejo Pérez pudo haber contenido el balón. Si bien es inadmisible este tipo de errores, fue evidente en el estadio por culpa del productor que permitió la repetición en la pantalla gigante y trae de nuevo la discusión sobre la inclusión de la tecnología en el deporte de las patadas, pudo no haber sucedido si Óscar Pérez hubiera manejado de mejor manera la jugada. Ese día fue el más negro en la historia del arbitraje de los mundiales, con un error garrafal por partido.

El tercer error fue causado por la desconcentración producto del error arbitral: Ricardo Osorio demostró una vez más que más allá de su excelente calidad como jugador, le falta carácter para enfrentar partidos de esta magnitud. Basta recordar que falló el penal decisivo en la tanda contra el mismo Argentina en la semifinal de la Copa Confederaciones de 2005 y ver de nuevo el pase para gol que le dio a Heinze para entender la afirmación anterior. Lástima, porque tiene mucha calidad, aunque su mejor tiempo ya pasó.

El cuarto error: la pésima capacidad de reacción de México. Si bien es común que domine los partidos y acabe recibiendo el primer gol, la Selección Mexicana carece de capacidad de reacción. Su excelente capacidad no es suficiente para contrarrestar los embates y el momento anímico que brinda el gol. Los partidos, cuando se van perdiendo, se debe buscar empatarlos. Pareciera que los jugadores no entendieran esto. Sólo algunos siguieron luchando sin cometer tantos errores, sin ofuscarse y con la firme convicción de cambiar el destino: Salcido, Guardado y Hernández. Y, una vez más, Guardado salió de la cancha. Giovani se perdió, pero no porque no jugara un buen partido; su función fue diferente y no lució tanto, sin embargo dio un gran partido recuperando balones y distribuyendo las jugadas.

Con estos errores, ya era demasiado tarde para lograr algo de este barco a medio hundir.

Pero, ¿Qué pasa? Porque debe haber una razón para que se repitan los fracasos cada cuatro años. Muchos medios, directivos, jugadores y demás gentes allegadas a la federación repiten una y otra vez "no es momento de señalar culpables". ¿Que no es momento dicen? Si no es ahora, ¡¿Entonces cuándo?! Cada cuatro años es lo mismo. Si no se encuentran las causas, no se pueden encontrar, tampoco, las soluciones a los problemas que enfrenta el futbol mexicano y que le han estancado en una posición poco privilegiada.

No pueden ser los jugadores, quienes representan la que quizá es la mejor selección mexicana de todos los tiempos. No puede ser el técnico que vino a salvar a la selección de quedar eliminada en el hexagonal de la débil CONCACAF. No puede ser la fiel afición que partido a partido dejan lo que sea que estén haciendo para apoyar al Tri. No puede ser esta directiva que se esfuerza porque se trabaje de la mejor manera el la Selección. No. No pueden ser ellos.

Son los jugadores displicentes que no dan todo de sí en un partido tan importante como el del 27 de junio; es ese técnico que vino, según él, a entrenar a un equipo jodido, en un país jodido, con jugadores jodidos y con un futbol, sinceramente, jodido; es (somos) esa afición que permite que su selección los (nos) defraude una y otra vez y permite (permitimos) que ese señor que se hace llamar director técnico de la Selección Nacional de México, llame jodido al país que amamos y que cualquiera de nosotros desearía representar o dirigir; es esa directiva que permite que los Hugo Sánchez, Nery Castillo, Javier Aguirre, Sven-Goran Eriksson y demás, dañen a la Selección, que acuerda juegos y publicidad sin hacer nada bueno por la parte deportiva, que contrata técnicos poco capacitados y no exige resultados... Somos todos culpables.

Los culpables de esta debacle somos todos. Si no se hace algo pronto, terminaremos por descender aún más. El tener a la generación de jugadores que se tiene y no sobresalir, no es estancarse, sino retroceder. Otras selecciones con equipos más modestos, como Corea del Sur en el 2002, Croacia en el 98, Bulgaria en el 94, Turquía en 2002, entre otros, han logrado dar el salto y México aún no. Se debe trabajar por mejorar, no por mantenerse. Aún no se ha logrado nada real.

domingo, 27 de junio de 2010

Esférico 2010 - Parte III. Mil veces ¡Arriba México!

(La afición y los medios mexicanos)

Le título suena extraño. No es normal cambiar el "viva" por "arriba". Como que recuerda a algo. Quizá, quienes hayan ido a ver un partido del Atlas hayan escuchado esa porra en el sonido local: "Mil veces arriba el Atlas". Y parece que fuera lo mismo... Parece que los mexicanos cambiáramos nuestras respectivas camisetas para volvernos atlistas cada cuatro años.

Si bien la afición del Atlas ha festejado un campeonato, éste sucedió hace tanto, que gente de casi sesenta años ha nacido y muerto sin haberlo visto. Por otro lado, han descendido en tres ocasiones. Y aun así, la "hinchada" rojinegra sigue apoyando a su equipo. "Al Atlas aunque gane", dicen. "Mil veces arriba el Atlas".

La afición mexicana tiene esa misma actitud con la selección. No importa que tengas a Hugo Sánchez, Jorge Campos, Ramón Ramírez, Jared Borgetti, Cuauhtémoc Blanco, Carlos Salcido o Andrés Guardado, siempre, cada cuatro años, el Tri vuelve con las manos vacías de la justa mundialista. Ni modo, otros cuatro años de esperanza porque se pueda ganar ese maldito primer partido de eliminación directa de donde no se ha pasado jamás. México tiene jugadores para llegar lejos. Corea del Sur llegó a semifinales sin jugadores de renombre y Portugal sorprendió en Alemania al complicarle su pase a la final a los franceses. Croacia sólo traía a Suker y Bulgaria en 1994 estuvo cerca de la final. Si es así, ¿por qué un México con Salcido, Márquez, Dos Santos, Guardado, Barrera, Juárez, Moreno, Maza, Chicharito, entre otros, no puede llegar más allá de octavos? No está de sobra recordar el gol de Argentina en fuera de lugar, pero el arbitraje se discutirá en otro momento; pero, por otro lado, tampoco vale decir que la llave de México resultó la más complicada de todas en 2010. Cada cuatro años es lo mismo. Cada cuatro años es la misma historia.

Parece que se tienen déjà vues cada ciclo mundialista. Es como ver la misma película, con la misma historia, los mismos personajes, las mismas malditas esperanzas y con el mismo final, cada Copa del Mundo. "Sí se puede". "Viva México". "Ora sí, nos los vamos a chingar". ¿Y qué pasa? Lo de siempre: regresar con la cabeza baja y con más excusas que explicaciones.

Es interesante cómo quieren vender cada cuatro años una esperanza de humo. La prensa le vende a una afición impresionable y soñadora, la idea de que México va a quedar campeón del mundo. México no está hecho para eso. Al menos no por ahora. Eso es para países donde abunda el talento (Brasil, Argentina), donde se tienen estructuras deportivas y futbolísticas sólidas (Alemania) o donde simplemente se han hecho bien las cosas en la liga local (Italia). México no tiene ninguna de esas características. Tiene excelentes jugadores que no le piden nada a otros (Rooney no anotó ningún gol en el mundial de Sudáfrica, Hernández dos, por ejemplo). A pesar de ello, México no está para quedar campeón.

Este equipo que participó en Sudáfrica es, quizá, el mejor combinado mexicano de la historia. Sin embargo, regresan así, como siempre. Y empezamos otra vez con la misma película. Mi preocupación en esta ocasión no es, a pesar de lo que puede parecer, la película, sino que seguimos pagando la entrada.

Una de las razones más importantes que mantienen con un solo campeonato al Atlas mientras otros equipos tuvieron su primer copa después y son hasta diez veces más exitosos, es, sin duda, esa idea de "La Fiel". Su afición apoya incondicionalmente, vende esa idea y se la compran. Y está bien, son la "hinchada" más leal de todas. Tachan a los demás de "vende banderas" y, aun cuando estén cerca de descender, llenan el Estadio Jalisco cada quince días. "Al Atlas aunque gane". No les exigen y no sienten la presión de perder el apoyo en las tribunas (y el dinero que se genera, además). Es un equipo que está en una posición muy cómoda. Otros equipos, como el Guadalajara, el América y el Toluca, cuando juegan mal, tienen sus tribunas vacías. Y los tres equipos mencionados, tienen diez campeonatos o más.

"Al Tri aunque gane". La Selección, sus patrocinadores y los medios, venden esa idea de apoyar incondicionalmente al equipo mexicano. Y la afición, repito, compra esa idea y enciende los televisores cada partido de octavos de final de mundial con la esperanza ciega de que se logre trascender más allá... Y pierden. Ya será para la otra. Ni modo. ¡Viva México! ¡Viva la Selección! No ganaron, pero ¡qué bien jugaron! No ganan, pero juegan bonito... como el Atlas.

Alemania nunca ha perdido en octavos de final, ha quedado campeón tres veces y son, básicamente, dueños de toda la infraestructura futbolística (balón incluido). Festejan si ganan. Si no, se revisa en qué se falló y se busca la manera de resolverlo. En Brasil no es considerado un fracaso perder en octavos, sino el no ser campeones mundiales; es famosa una imagen de aficionados derribando una estatua de Ronaldinho tras el mundial de 2006. Italia regresa derrotado y agreden a Cannavaro. ¿Y, en México? Nada. Ahí para la otra.

Se debe aprender a celebrar las verdaderas victorias. México vence a Francia en fase de grupos y los aficionados nos arremolinamos y empujamos en la Minerva, la Macroplaza o el Ángel de la Independencia. Celebramos, pero, me pregunto, ¿qué celebramos? No se ha ganado aún nada en la selección mayor. Se pierde y no se reclama, no se exige, no se pelea. Los aficionados somos los que soportamos este circo llamado futbol y, aun así, nos hemos acostumbrado a perder. Vale la pena, por ello, replantear qué celebramos y qué exigimos, porque sí hay talento, simplemente no se llega más lejos.

sábado, 26 de junio de 2010

Esférico 2010 - Parte II. Mi Gusto Es

(Los caprichos de los Directores Técnicos)


Los entrenadores del mundo se dividen, generalmente, en dos tipos: los ofensivos y los defensivos (los arriesgados que pocas veces ganan algo y los "ordenados" que generalmente resultan campeones). En México, se les ha bautizado "Lavolpistas" y "Lapuentistas". Dentro de los primeros, están Miguel Herrera, José G. Cruz y Daniel Guzmán. Dentro de los segundos, se cuentan Raúl Arias, Víctor Manuel Vucetich y José Manuel de la Torre. Viendo los nombres, sobra decir quiénes han sido más exitosos.

En el futbol mundial se presentan los mismos dos tipos de entrenadores. Los hay defensivos (ordenados) como José Mourinho, Guus Hiddink, Marcello Lippi y Dunga. Los hay arriesgados como Felipe Scolari, Josep Guardiola y Rafael Benítez. Los primeros, apuestan por un futbol más equilibrado y menos espectacular. De los segundos, simplemente da gusto ver a sus equipos jugar.

Sin embargo, a pesar de sus diferentes escuelas, todos los entrenadores coinciden en una característica: son autoritarios. Se creen los amos y señores del campo. Hacen y deshacen equipos (claro, mientras los dueños los dejen). Dentro de los entrenadores autoritarios -todos- existe una raza especialmente autoritaria: los entrenadores de selecciones mundialistas.

Se pueden contar infinidad de casos en los que dichos entrenadores han cometido "injusticias" al dejar fuera a tal o cual jugador quien, según la afición, merecía pertenecer a la lista final de 23 jugadores que dsiputarían la Copa del Mundo. Todos ellos, se escudan bajo el muy válido argumento de que "ellos deciden" quién conforma de mejor manera un equipo de acuerdo con su planteamiento táctico. No siempre los mejores jugadores, o los que se encuentren en mejor momento serán quienes vayan al mundial y otros jugadores, de características o momentos relativamente inferiores, ocuparán su lugar en su escuadra nacional. En otros casos, dichos jugadores sí son llamados, pero terminan relegados a la banca por decisión del técnico.

Sucedió en 1994. Mario "Lobo" Zagallo tenía en la banca a Ronaldo Luiz Nazario de Lima. Con sólo diecisiete años, fue llamado para participar en el mundial de Estados Unidos, donde Brasil resultó campeón en una de las finales más aburridas de la historia. Esa copa le permitió brillar a Romario, Bebeto y Dunga. Pudo ser el mundial de Ronaldo. A la postre, se convertiría en el máximo anotador de todas las copas mundiales. Su talento y efectividad lo han convertido en una leyenda viviente del deporte de las patadas.

En el presente mundial de Sudáfrica 2010, Dunga, actual entrenador de la selección brasileña dejó fuera de la lista final a Ronaldinho, elegido como el mejor jugador del mundo en 2004 y 2005, y a Adriano, excelente jugador y delantero. Holanda juega sin Ruud Van Nistelroy e Italia dejó en casa a Francesco Totti. Raymond Domenech, por su parte, mantuvo como suplente a Thierry Henry durante toda la participación francesa (habiendo hecho lo mismo con David Trezeguet en Alemania 2006).

En México se repiten estos acontecimientos cada cuatro años. Se puede recordar el caso de Hugo Sánchez en el mundial de 1994, quien no jugó por decisión del técnico Miguel Mejía Barón. En Francia 1998, Luis García fue la causa de las reclamaciones (aunque Ricardo Peláez, Luis Hernández y Cuauhtémoc Blanco lograron hacer un papel más que decoroso). En Corea-Japón 2002, Claudio Suárez no integró la lista final y, en el partido decisivo contra Estados Unidos, el técnico Javier Aguirre sacó a Ramón Morales -quien pasaba por un gran momento- para meter a un Luis Hernández de actuación pobre.

El mundial 2006 tuvo sus controversias. Moisés Muñoz participó durante todo el proceso, pero cedió su lugar a Guillermo Ochoa a última hora; Sinha y Guillermo Franco fueron a Alemania siendo naturalizados mexicanos; por último, Cuauhtémoc Blanco pasaba por un momento interesante, sin embargo, por conflictos con Ricardo LaVolpe, se quedó fuera del equipo mexicano que participó en la Copa del Mundo, dejando su lugar a Rafael García, yerno del entrenador.

Quizá, el mundial con más controversia en el equipo mexicano ha sido el de 2010. Desde el principio hubo dudas con respecto a quiénes lo integrarían: ninguna línea parecía clara y sólo algunos jugadores parecían seguros en la lista final. Rafael Márquez, Carlos Salcido, Francisco Javier Rodríguez, Andrés Guardado, Ricardo Osorio, Giovani Dos Santos, Guillermo Franco, Héctor Moreno, Javier Hernández y Carlos Vela eran los elementos que estarían seguramente en Sudáfrica. Oswaldo Sánchez participó durante la eliminatoria, sin embargo, fue quedando relegado de la portería y, faltando días para presentar la lista final, Aguirre se decidió por Guillermo Ochoa, Luis Michel y Óscar Pérez -éste último le quitó la posibilidad a Jonathan Orozco del Monterrey-. En defensa, jugadores como Fausto Pinto y Juan Carlos Valenzuela no pudieron llegar a la justa mundialista -Valenzuela, incluso, participó en parte de la concentración final rumbo al mundial-. La delantera fue la línea más clara, quedándose Guillermo Franco, Javier Hernández, Alberto Medina, Adolfo Bautista y Cuauhtémoc Blanco, junto con Carlos Vela y Giovani Dos Santos. El medio campo fue el punto de mayor controversia: faltando un día para entregar la lista final de 23 jugadores a la FIFA, Javier Aguirre dejó fuera a Jonathan dos Santos, jugador del Barcelona, qudando dentro Adolfo Bautista, quien parecía el elemento más lógico para eliminar.

La controversia de la lista final no fue la única ni la más grave. Si bien el joven Dos Santos ha pasado sin pena ni gloria por la selección y Bautista ha pasado con más pena que gloria, la decisión no pareció del todo extraña. Bautista no ha participado en ningún partido y Dos Santos muy probablemente no lo habría hecho tampoco. El verdadero tema de conflicto vino con el inicio del mundial.

El partido contra Sudáfrica terminó con empate que debió ser derrota para México. El primer tiempo fue dominado por el Tri, con grandes actuaciones de Dos Santos, Vela y Paul Aguilar. Un yerro por parte de Dos Santos y dos por parte de Franco mantuvieron el cero en el marcador. Para el segundo tiempo, Aguirre sorprendió al sacar a Paul Aguilar, pero ingresó a Guardado, quien batalló, luchó y se entregó, dando una actuación excelente, como suele hacerlo. Franco, por su parte, siguió fallando, jugando de manera deficiente y a un ritmo diferente al del resto del equipo. Después, entró Cuauhtémoc Blanco, quien jugó muy lento y sin coordinación con el resto del equipo. Parecía un error total tener en la banca a Hernández y en la cancha, tanto a Blanco como a Franco. Hernández entró finalmente, pero no tuvo las oportunidades que en otros partidos.

Para el partido contra Francia, la afición pensaba que jugarían de inicio, tanto Hernández, como Guardado. Nada. No sólo no fueron titulares, sino que Guardado ni siquiera jugó. Hernández entró y a los pocos minutos anotó el primero de los dos goles con los que México derrotó a Francia. No cabía duda: Javier Hernández debía iniciar ante Uruguay, tomando en cuenta que, también, Franco había sido amonestado.

Finalmente, contra Uruguay, Guardado fue titular, dio un primer tiempo de excelencia y estrelló un disparo de larga distancia en el larguero de los sudamericanos. Fue el mejor elemento del partido, pero abandonó la cancha al medio tiempo. Mucho se dice que esta decisión se ha dado por desacuerdos entre Aguirre y él. Hernández entró unos minutos del segundo tiempo y generó peligro. Franco, por su parte, de pobre actuación durante el mundial, jugó todo el partido.

¿Qué pasará por la mente de Javier Aguirre? ¿Será que toda la afición está equivocada... que Vox Populi, Vox Dei no es cierto? Las diferencias de juego entre Blanco, Franco, Hernández y Guardado son notorias y el partido contra Argentina es vital para las aspiraciones del famoso "quinto partido". ¿Será cierto que Guardado no ha jugado por diferencias personales con el técnico? Sería una lástima, como lo sería, también, que se quedara en la banca un juego más. Ha declarado que no le gusta no jugar y, quizá, Aguirre lo tome como un reclamo. El entrenador, por su parte, hace válida su calidad de seleccionador y puede dejarlo en la banca, a pesar de ser, quizá, el mejor jugador de México. Y nada podemos hacer los demás, porque, ése, su gusto es, y quién se lo quitará... él decide y todos los demás, incluyendo a Guardado y Hernández, tenemos que aceptarlo y aprender a vivir con ello. Ni modo. Tal vez será un quinto mundial seguido quedando en octavos.