miércoles, 19 de enero de 2011

La Revolución de 2010 (un cuento obligatorio)

- ¿Y si tiene razón el doctor? -preguntó ella al comandante, mientras él miraba al vacío en ese cuartucho de cinco por cinco que les había servido de cuartel y refugio desde el primer día, más de dos años antes, hasta ese día 19 de marzo.

El comandante estaba tan absorto en sus pensamientos que no la escuchó. No podía ni siquiera darse cuenta de que estaba allí, donde tiempo atrás, cada vez que leía las noticias, derramaba lágrimas de impotencia y de coraje mientras apretaba el periódico con todas sus fuerzas; en ese lugar donde había logrado reunir a tantas personas que pensaban como él, que apretaban el periódico todos los días; en ese lugar donde había logrado convencer al doctor de unirse a su causa a pesar de las diferencias entre las ideas de uno y otro; allí donde se había desvelado noches enteras escribiendo, primero, los cinco puntos que serían títulos de los capítulos de lo que después fue un ensayo de 67 páginas donde se explicaba la razón de la lucha y que se convertirían en el manual de la revolución; en ese lugar donde la había conocido y conquistado a ella, quien le hablaba en ese momento sin que él escuchara; sentado en esa silla que era la única que se había quedado del juego de seis del comedor que había vendido para financiar la compra de armas a un guerrillero semipatriota que las vendió baratas.

El comandante recordó, hasta sin quererlo, ese primer día cuando invitó a sus aliados en la lucha: el aviador, el poeta, el profesor, la abogada, el doctor y ella. Los sentó alrededor de la mesa mientras les hablaba de ese pésimo mundo y ese chiquero que quedaba del país. Recordó cómo miró sus caras de asombro mientras gritaba repitiendo palabras de Zapata, de "el Ché", de Martin Luther King y todas esas personas que le inspiraban a luchar. Muchos de ellos estaban escépticos ante la posibilidad real de cambiar el país. "Recuerden que todo aquello que fue puesto en este mundo, todo lo hecho por la mano de Dios, es transformable. Si el país... ¡si el mundo entero no lo fuera, entonces nosotros no deberíamos de existir!", dijo el comandante, convenciendo a casi todos de la necesidad de una lucha... a todos, excepto al doctor.

Le dio una copia de su ensayo titulado "Sentimientos de la Nación" a cada uno de los allí reunidos, enfureciendo al doctor, quien le lanzó los papeles al pecho.

-¿Cómo te atreves a poner ese título a algo así? Eres- dijo -un ladrón de ideas. Si Morelos leyera ese manuscrito, te golpearía en la cara, porque lo que él quería de México no era héroes, sino hombres. Morelos no heredó el país a estrellas, sino a engranes que ayuden a mejorar este país. ¡No debes lucirte para lograr un cambio! Debes trabajar.

Todos se conmovieron tanto con las palabras del doctor que, a pesar de estar totalmente decididos de iniciar la batalla, convencieron al comandante de cambiar el nombre del texto. A partir de ese primer día, el tratado de sus razones para luchar fue llamado "Plan de Guadalajara" y, a pesar de nombrarlo "Comandante de la Revolución", estuvieron todos de acuerdo en que no se asumirían como héroes en caso de ganarla. Sus nombres no deberían aparecer en los libros de texto como héroes. Si perdían, de todos modos no aparecerían. Por ello es que se dieron nombres clave al principio: aviador, profesor, doctor, abogada, poeta y ella, quien para el comandante solamente era ella y a quien amaba y no podía llamar por su clave, "Química". Después, esos nombres clave se convertirían en sus verdaderos nombres de pila y aquéllos que estaban escritos en sus actas de nacimiento se convirtieron en simples apodos fuera del mundo real que ellos empezarían a escribir.

El doctor duró escéptico durante varias semanas, mientras discutía a diario con el comandante. No es que no quisiera cambiar al país, que no deseara con todas sus fuerzas matar al mal gobierno o que pensara que así era mejor. Era solamente que las maneras que planteaba el comandante no lo convencían. Mencionaba seguido a dictadores que habían vencido a sus opositores y se habían alzado más poderosos que nunca. "¿Entonces qué haces aquí?", le preguntó una vez el aviador. "Estoy aquí porque quiero lo mismo que tú: un país más justo. Es solo que necesitamos una estrategia mejor planteada." Entre el profesor y el doctor, pulieron el Plan de Guadalajara para que fuera un verdadero plan de guerra, sin quitar la parte importante escrita por el comandante.

- Excelente nombre tiene este escritillo -solía decir el doctor -. Pancho Villa decía que Guadalajara era el gallinero de la Revolución. Ahora estaría orgulloso de nosotros.

La abogada se encargó de enviar el ensayo a todos los periódicos y revistas independientes y conocidos por subversivos del país. En más de la mitad, los publicaron, una página al día, hasta que se llegó el día 12 de diciembre de 2010, una fecha importante, pues en los últimos tres párrafos del Plan, se podía leer:

Hermanos Mexicanos, démonos cuenta de la necesidad de cambiar este mundo nuestro, este país que solamente nos llena de tristeza. Nosotros podemos lograr que este país de nuestros abuelos y nuestros padres sea mejor para nuestros hijos. Les pregunto, hermanos y hermanas, ¿Es esta la nación que le queremos heredar a nuestros vástagos? ¿Es acaso esta agua contaminada por el petróleo del gobierno, estas calles llenas de los hoyos del presupuesto de nuestros impuestos, este cielo marrón y esta sangre envenenada, triste y pobre la que queremos que reciban nuestros nietos?

No es posible tanta pobreza y tanta soledad. No es posible que nos dejen a nuestra suerte, hermanos. Muchos se quejan y no hacen nada. Muchos se quejan de los que se quejan porque dicen que uno no puede esperar que el gobierno nos saque de los problemas. Y yo me pregunto: ¿Por qué no, si es su trabajo? ¡Claro! No se puede esperar eso del mal gobierno. Pero de un gobierno que responda al pueblo porque salga del pueblo, sí se puede esperar representación, ayuda y una búsqueda por la justicia y la libertad. La respuesta es simple: cambiemos al mal gobierno por uno bueno, nacido del pueblo, listo para cumplir y servir al pueblo, porque la verdadera democracia así lo dicta.

Por todo esto, hermanos Mexicanos, los conmino a unirse a una causa que no solamente es justa, sino que es obligatoria. El país no está bien, ni está cerca de estarlo. Unámonos en una lucha que pretendería ser pacífica, pero que tomará las armas de ser necesario. No podemos permitirnos el lujo de seguir alimentando a esta raza de gente inútil llamada "clase política". El día de mañana, hermanos, tomemos las plazas, las ciudades, los pueblos, las iglesias, las escuelas de toda la nación, y gritemos con todas las fuerzas "¡Esto va a cambiar! ¡México va a cambiar! ¡Viva México!" Que el 13 de diciembre sea recordado por nuestros hijos y nietos y quienes nos sobrevivan, como el día en que México comenzó a cambiar; el día en que inició la verdadera Revolución de 2010.

El comandante iba y volvía a la realidad en ese cuartucho, mientras se sentía exactamente igual que cuando estuvo a punto de morir por primera vez, hacía más de un año, cuando el ejército les ganó una batalla en Guanajuato y lograron capturarlo.

- ¡¿Quién es su líder?! -, preguntaban ellos, mientras le golpeaban la cabeza para luego sumergírsela en agua tan caliente que le quemaba los ojos a pesar de tener los párpados fuertemente apretados-. Dinos o morirás -Le dijo una voz tranquilamente mientras escuchaba cómo se amartillaba una pistola.

- Nadie es líder en esta Revolución. El pueblo es el único líder. La Revolución es más que yo o que ustedes. Mátenme y alguien seguirá luchando por esta justa causa -respondía el comandante sin ningún dejo de miedo en su voz aun teniendo ante él el cañón de una pistola apuntándole. Esa fuerza con la que decía "pueblo", era suficientemente aterradora para sus enemigos que nunca se atrevieron a jalar el gatillo. Dos semanas después, la Revolución tomaría ese edificio del ejército y liberarían al comandante, quien regresó lleno de vida para seguir luchando.

Ahora, el comandante no tenía miedo, igual que no lo tenía esa vez que estuvo cerca de morir. Sin embargo, sentía a penas por segunda vez en los más de dos años de lucha que llevaban, que quizá, como dijo ella, el doctor tenía razón.

- ¿Y si tiene razón el doctor? -preguntó ella por segunda ocasión, logrando sacar al comandante de su trance y haciéndolo dudar.

- Esta Revolución está perdida, comandante. La causa está completamente derrotada -había dicho el doctor a penas unos minutos antes, para después dirigirse a la ventana y mirar a una ciudad en lucha.

- ¿Y si tiene razón? -preguntó por tercera vez.

El comandante se le quedó viendo a los ojos y estuvo a punto de quedarse callado, lo cual habría significado la derrota final de la Revolución; de haberse quedado callado, el comandante habría aceptado su destino y esperaría solamente a que llegaran los tanques y los hombres vestidos de verde a matarlos sin oponer resistencia.

De pronto, al ver los ojos de ella, el comandante recordó la primera vez que la vio llegar y cómo se había enamorado perdidamente de su mentalidad ávida de justicia para el país; recordó el rostro fuerte del doctor cuando lo convenció finalmente de luchar; recordó los cientos de "puta madre" que había gritado al viento cuando leía de pobreza, desigualdad y hambre en el país; recordó los 300,000 muertos de la guerra previa a la revolución, las mentadas de madre y habló por fin, con voz más firme que la más firme que jamás le habían escuchado antes:

- Aún así vale la pena seguir luchando -dijo el comandante, dando por hecho que morirían, pero su legado quedaría en los libros de texto, no por sus nombres, sino porque se habrían conseguido, al fin, las dos cosas que faltaban y que eran el estandarte de la Revolución: Justicia y Libertad.

domingo, 16 de enero de 2011

Carta no enviada

Todos tenemos esa cartita escrita en un cuaderno olvidado en el fondo de un cajón en el clóset, debajo de los calcetines; esa que nos sale del corazón un sábado cualquiera por la tarde, cuando está nublado y extrañamos más a ese o esa destinataria y más nos hace falta al lado; esas paginas que quisiéramos enviar, pero que, por alguna razón, se queda en ese cuadernucho al que ya se le cayó la pasta y al que nos da miedo leer por poder volver a sentir aquello que nos llevó a escribir la carta en primera instancia.

Ahora, tras desempolvar un poco mi clóset, transcribo una de esas cartitas inútiles que lo serían menos si se hubiesen enviado.


¡Hola! Empiezo con un "hola" porque no sé qué más decir. O más bien, no sé cómo decirlo. No sé cómo empezar a expresar lo que siento, porque siento que quizá no quiera expresarlo. No sé si quiera escribirlo y, más aún, no sé si quieras tú leerlo. Y todo por miedo, por inseguridad, por estar tan joven y no atreverme a besarte.

Recuerdo que antes platicábamos muy seguido. Recuerdo muy bien las horas que duramos alguna vez discutiendo sobre tonterías y banalidades. Recuerdo tu sonrisa cuando te decía algún cumplido tonto. Éramos cercanos en secreto, amigos en público, amantes en mi corazón.

Creeme que nada ha cambiado desde entonces. Sigues teniendo tu lugar bien apartado en mi corazón, que aún late con fuerza cuando te recuerda, cuando te ve, cuando sabe algo de ti por una foto perdida o un dibujo mío en la tapa de un cuaderno de esos tiempos. Sigue teniendo un espacio muy especial en mis recuerdos, esa tarde cuando aceptaste ir conmigo.

Recuerdo esa noche. Hacía frío; un poco quizá. Platicamos como todas esas otras veces. Quizá tú platicaste más que yo. Suelo hacer eso.

Fue una velada interesante, porque pude ver tu rostro más de cerca que otras veces. Estaba nervioso. Tú también lo estabas, pude notarlo. Nunca lo entenderé, pero lo estabas. Sonreía como un admirador patético de alguien famoso. Te veía quitar tu cabello de tu rostro con la mano y sonreía. Era feliz junto a ti. Lo seré siempre que recuerde tenerte cerca.

Luego, terminó la noche. Te acompañé. Y antes de despedirnos, te vi fijamente. Sabía lo que quería. Sabía que lo esperabas tú también. Me quise acercar para darte un beso en los labios. No era amor insaciable. No era amor implacable, ni incontenible. Simplemente te quería y quería tocar tus labios con los míos para decirte "buenas noches, gracias por estar en mi vida". Y no lo hice.

A la fecha no sé por qué no te besé. No hubiera perdido nada. O, al menos, nada más de lo que ya perdí.

Desde esa noche, prácticamente no hablamos. Nos hemos dirigido la palabra unas tres o cuatro veces y he tratado de muchas maneras que volvamos a reunirnos, aunque sea para saludarte, preguntarte por tu vida y volver a esa distancia que nos separa tanto, sin ser tan grande. No ha habido éxito. Es como si nuestra amistad se hubiera acabado por culpa de esa noche.

Te entiendo, tienes trabajo. Aun así me gustaría saber de ti. Creeme, aún te quiero, y mucho. Te he ocultado mensajes en mis poemas. Búscalos. Ahí estás: entre los versos, inmersa como un factor común. Te extraño.

Lamento si te lastimé. Solamente ha sido mi estupidez, no mi falta de cariño. Si deseas algún día llegar de improviso y saludarme, contarme un poco de tu vida, tomar mi mano aunque sea unos segundos, volveré a sonreír como tonto al ver tus ojos. Volveré a querer besarte... y trataré, en esta ocasión, de hacerlo.

Te extraña con todo el corazón,

Hugo.

lunes, 3 de enero de 2011

Propósitos 2011

Nunca había escrito mis propósitos de año nuevo. Y como quiero que este 2011 sea excelente, empezaré por hacer esta lista:

1. Dejaré de posponer las cosas: Mientras más pronto y rápido sea todo, mejor. Como un curita.
2. Haré ejercicio cuatro veces a la semana, aunque haga calor, frío, sea muy tarde o muy temprano.
3. Desayunaré todos los días: No más gansitos y submarinos para matar el hambre a media mañana.
4. Escribiré una nota, un post en mi blog o una página de algún otro texto al menos cada tercer día.
5. Encontraré un nuevo pasatiempo: El facebook ya no me satisface del todo.
6. Me estacionaré lo más lejos posible para caminar (lo cual NO contará como mi ejercicio del día)
7. Leeré al menos tres libros este año (número estándar para un mexicano): Los libros que tengo a medias no cuentan. Ahora que terminé de leer 'El Símbolo Perdido' tendré que encontrar algún autor que sea tan fácil de leer como Dan Brown.
8. Bajaré de peso. Si los propósitos 2, 3 y 6 no ayudan al respecto, tomaré Fatache o algo así, no me importa.
9. No haré dieta, pero cuidaré más lo que como.
10. Seré más puntual: Importante notar el "más".
11. NO aprenderé a desconfiar de la gente.
Y el más importante:
12. Ayudaré a la gente que me rodea a ser feliz.

Espero que este año cumpla todos ellos :)

jueves, 8 de julio de 2010

Esférico 2010 - Parte IV. Volver con la frente marchita.

(Argentina-México)

En 2006, la Selección Mexicana llegó a octavos de final, tras ganar un partido, empatar otro y perder otro en la ronda de grupos. La llave llevó a México a enfrentarlo con Argentina. Con un equipo lleno de estrellas, como Crespo, Abbondanzieri y un muy joven Messi, la Albiceleste venció al Tri con un golazo épico en el tiempo extra de un 1-1 dramático, sufrido y muy bien jugado. Le tocó, después, a Argentina enfrentar a Alemania y perder en penaltis, con un Jens Lehmann inspirado (y preparado).

Cuatro años después, la Selección Mexicana llegó a octavos de final, tras ganar un partido, empatar otro y perder otro en la ronda de grupos. La llave llevó a México a enfretarlo una vez más con Argentina. El perfecto déjà vu para el perfecto partido. México alineó a Guardado y Chicharito en lo que pareció el mejor planteamiento de toda la Copa del Mundo y comenzó, así, el que parecía el partido para la Historia, el fin de los complejos, la salvación de las masas.

México dominó el primer lapso de partido. Salcido estrelló un tiro en el travesaño, Guardado mandó un disparo muy cerca del poste derecho del meta argentino y Hernández mandó un remate desviado. Messi, como todo el mundial, se sentía desesperado y, tras un leño por parte de Torrado, se vio muy temeroso y debajo de su nivel. Parecía que sólo era cuestión de tiempo para que México aventajara en el marcador. Sin embargo, justo como con los demás partidos del mundial, México dominó y, cuando parecía dominar más, un error gravísimo de los árbitros dio como válido un gol en clarísimo fuera de lugar. Esto terminó por desconcentrar al equipo, propiciando un error de Osorio que derivó en el segundo gol.

México no pudo reaccionar. Tévez anotó un golazo y puso el 3-0 lapidario. Aun con el gol impetuoso de Javier Hernández, México no pudo reaccionar. Perdieron como siempre. Lo malo de todo esto es que no jugaron como nunca. Su juego ya desde hace tiempo es el mismo. Muestran talento y buen manejo de balón; su técnica en cada línea es notable y cada vez hay más jugadores que debieran militar en ligas más competitivas que la mexicana. Jugaron como siempre y perdieron como siempre. A pesar de dar el paso en la forma de jugar, no dan el paso de avanzar a la siguiente fase.

Se pueden rescatar muchos aspectos muy buenos del partido: desde la determinación con la que salió Guardado a jugar, la calidad de Salcido, la garra que pone Torrado, la tranquilidad en defensa que ha brindado el Maza Rodríguez, la solidez ofensiva que ofrece Javier Hernández y la excelente disposición de Juárez y Barrera, hasta la manera en que los jugadores y el técnico afrontaron la derrota y dieron la cara a los medios. Sin embargo, como en cada partido, los errores han sido fatales para la causa tricolor.

El primer error no se dio en el partido en sí, sino desde antes: Las alineaciones poco arriesgadas de Aguirre dejaron un mal sabor de boca en toda la afición y los medios. Nadie entendió del todo por qué no había incluido a Guardado más que en dos medios tiempos durante toda la ronda de grupos y por qué si Hernández había sido el mejor anotador del proceso previo al mundial, prefirió alinear a Guillermo Franco, quien fallaba cada partido en todas las funciones que se le habían encomendado. Hernández anotó el primer gol en la victoria sobre Francia y, aún así, no fue de la confianza de Aguirre como para jugar de itular contra Uruguay. Lo de Guardado rayaba en lo grotesco. Fue, sin duda para nadie, el mejor jugador en el campo cada vez que jugaba. Andrés se animaba, corría, metía, peleaba, disparaba y, después, inevitablemente, tenía que salir ante la terquedad de un técnico que, notoriamente, tenía un problema personal con el volante del Dépor. No significa que jugando ellos se hubiera logrado ganar todos los partidos por goleada, pero siempre quedará la duda de qué habría pasado si Aguirre se hubiera arriesgado. Si se hubiera perdido arriesgando, nadie habría criticado, pero se perdió con los mismos de siempre, jugando el mismo futbol de siempre. Yo no creo, sin embargo, que lo de Bautista haya sido un error. En los 45 minutos que jugó, no desentonó con el equipo (como sí lo hicieron Blanco y Franco), luchó y generó, al menos, una jugada de peligro por una falta que le cometieron. No fue el más brillante, pero no fue el desastre que quieren convencer a todo mundo.

El segundo error no fue de los jugadores (hasta cierto punto) ni del entrenador: Los árbitros no marcaron dos fueras de lugar en una misma jugada, la cual derivó en el primer gol de los gauchos. Sin embargo, el Conejo Pérez pudo haber contenido el balón. Si bien es inadmisible este tipo de errores, fue evidente en el estadio por culpa del productor que permitió la repetición en la pantalla gigante y trae de nuevo la discusión sobre la inclusión de la tecnología en el deporte de las patadas, pudo no haber sucedido si Óscar Pérez hubiera manejado de mejor manera la jugada. Ese día fue el más negro en la historia del arbitraje de los mundiales, con un error garrafal por partido.

El tercer error fue causado por la desconcentración producto del error arbitral: Ricardo Osorio demostró una vez más que más allá de su excelente calidad como jugador, le falta carácter para enfrentar partidos de esta magnitud. Basta recordar que falló el penal decisivo en la tanda contra el mismo Argentina en la semifinal de la Copa Confederaciones de 2005 y ver de nuevo el pase para gol que le dio a Heinze para entender la afirmación anterior. Lástima, porque tiene mucha calidad, aunque su mejor tiempo ya pasó.

El cuarto error: la pésima capacidad de reacción de México. Si bien es común que domine los partidos y acabe recibiendo el primer gol, la Selección Mexicana carece de capacidad de reacción. Su excelente capacidad no es suficiente para contrarrestar los embates y el momento anímico que brinda el gol. Los partidos, cuando se van perdiendo, se debe buscar empatarlos. Pareciera que los jugadores no entendieran esto. Sólo algunos siguieron luchando sin cometer tantos errores, sin ofuscarse y con la firme convicción de cambiar el destino: Salcido, Guardado y Hernández. Y, una vez más, Guardado salió de la cancha. Giovani se perdió, pero no porque no jugara un buen partido; su función fue diferente y no lució tanto, sin embargo dio un gran partido recuperando balones y distribuyendo las jugadas.

Con estos errores, ya era demasiado tarde para lograr algo de este barco a medio hundir.

Pero, ¿Qué pasa? Porque debe haber una razón para que se repitan los fracasos cada cuatro años. Muchos medios, directivos, jugadores y demás gentes allegadas a la federación repiten una y otra vez "no es momento de señalar culpables". ¿Que no es momento dicen? Si no es ahora, ¡¿Entonces cuándo?! Cada cuatro años es lo mismo. Si no se encuentran las causas, no se pueden encontrar, tampoco, las soluciones a los problemas que enfrenta el futbol mexicano y que le han estancado en una posición poco privilegiada.

No pueden ser los jugadores, quienes representan la que quizá es la mejor selección mexicana de todos los tiempos. No puede ser el técnico que vino a salvar a la selección de quedar eliminada en el hexagonal de la débil CONCACAF. No puede ser la fiel afición que partido a partido dejan lo que sea que estén haciendo para apoyar al Tri. No puede ser esta directiva que se esfuerza porque se trabaje de la mejor manera el la Selección. No. No pueden ser ellos.

Son los jugadores displicentes que no dan todo de sí en un partido tan importante como el del 27 de junio; es ese técnico que vino, según él, a entrenar a un equipo jodido, en un país jodido, con jugadores jodidos y con un futbol, sinceramente, jodido; es (somos) esa afición que permite que su selección los (nos) defraude una y otra vez y permite (permitimos) que ese señor que se hace llamar director técnico de la Selección Nacional de México, llame jodido al país que amamos y que cualquiera de nosotros desearía representar o dirigir; es esa directiva que permite que los Hugo Sánchez, Nery Castillo, Javier Aguirre, Sven-Goran Eriksson y demás, dañen a la Selección, que acuerda juegos y publicidad sin hacer nada bueno por la parte deportiva, que contrata técnicos poco capacitados y no exige resultados... Somos todos culpables.

Los culpables de esta debacle somos todos. Si no se hace algo pronto, terminaremos por descender aún más. El tener a la generación de jugadores que se tiene y no sobresalir, no es estancarse, sino retroceder. Otras selecciones con equipos más modestos, como Corea del Sur en el 2002, Croacia en el 98, Bulgaria en el 94, Turquía en 2002, entre otros, han logrado dar el salto y México aún no. Se debe trabajar por mejorar, no por mantenerse. Aún no se ha logrado nada real.

domingo, 27 de junio de 2010

Esférico 2010 - Parte III. Mil veces ¡Arriba México!

(La afición y los medios mexicanos)

Le título suena extraño. No es normal cambiar el "viva" por "arriba". Como que recuerda a algo. Quizá, quienes hayan ido a ver un partido del Atlas hayan escuchado esa porra en el sonido local: "Mil veces arriba el Atlas". Y parece que fuera lo mismo... Parece que los mexicanos cambiáramos nuestras respectivas camisetas para volvernos atlistas cada cuatro años.

Si bien la afición del Atlas ha festejado un campeonato, éste sucedió hace tanto, que gente de casi sesenta años ha nacido y muerto sin haberlo visto. Por otro lado, han descendido en tres ocasiones. Y aun así, la "hinchada" rojinegra sigue apoyando a su equipo. "Al Atlas aunque gane", dicen. "Mil veces arriba el Atlas".

La afición mexicana tiene esa misma actitud con la selección. No importa que tengas a Hugo Sánchez, Jorge Campos, Ramón Ramírez, Jared Borgetti, Cuauhtémoc Blanco, Carlos Salcido o Andrés Guardado, siempre, cada cuatro años, el Tri vuelve con las manos vacías de la justa mundialista. Ni modo, otros cuatro años de esperanza porque se pueda ganar ese maldito primer partido de eliminación directa de donde no se ha pasado jamás. México tiene jugadores para llegar lejos. Corea del Sur llegó a semifinales sin jugadores de renombre y Portugal sorprendió en Alemania al complicarle su pase a la final a los franceses. Croacia sólo traía a Suker y Bulgaria en 1994 estuvo cerca de la final. Si es así, ¿por qué un México con Salcido, Márquez, Dos Santos, Guardado, Barrera, Juárez, Moreno, Maza, Chicharito, entre otros, no puede llegar más allá de octavos? No está de sobra recordar el gol de Argentina en fuera de lugar, pero el arbitraje se discutirá en otro momento; pero, por otro lado, tampoco vale decir que la llave de México resultó la más complicada de todas en 2010. Cada cuatro años es lo mismo. Cada cuatro años es la misma historia.

Parece que se tienen déjà vues cada ciclo mundialista. Es como ver la misma película, con la misma historia, los mismos personajes, las mismas malditas esperanzas y con el mismo final, cada Copa del Mundo. "Sí se puede". "Viva México". "Ora sí, nos los vamos a chingar". ¿Y qué pasa? Lo de siempre: regresar con la cabeza baja y con más excusas que explicaciones.

Es interesante cómo quieren vender cada cuatro años una esperanza de humo. La prensa le vende a una afición impresionable y soñadora, la idea de que México va a quedar campeón del mundo. México no está hecho para eso. Al menos no por ahora. Eso es para países donde abunda el talento (Brasil, Argentina), donde se tienen estructuras deportivas y futbolísticas sólidas (Alemania) o donde simplemente se han hecho bien las cosas en la liga local (Italia). México no tiene ninguna de esas características. Tiene excelentes jugadores que no le piden nada a otros (Rooney no anotó ningún gol en el mundial de Sudáfrica, Hernández dos, por ejemplo). A pesar de ello, México no está para quedar campeón.

Este equipo que participó en Sudáfrica es, quizá, el mejor combinado mexicano de la historia. Sin embargo, regresan así, como siempre. Y empezamos otra vez con la misma película. Mi preocupación en esta ocasión no es, a pesar de lo que puede parecer, la película, sino que seguimos pagando la entrada.

Una de las razones más importantes que mantienen con un solo campeonato al Atlas mientras otros equipos tuvieron su primer copa después y son hasta diez veces más exitosos, es, sin duda, esa idea de "La Fiel". Su afición apoya incondicionalmente, vende esa idea y se la compran. Y está bien, son la "hinchada" más leal de todas. Tachan a los demás de "vende banderas" y, aun cuando estén cerca de descender, llenan el Estadio Jalisco cada quince días. "Al Atlas aunque gane". No les exigen y no sienten la presión de perder el apoyo en las tribunas (y el dinero que se genera, además). Es un equipo que está en una posición muy cómoda. Otros equipos, como el Guadalajara, el América y el Toluca, cuando juegan mal, tienen sus tribunas vacías. Y los tres equipos mencionados, tienen diez campeonatos o más.

"Al Tri aunque gane". La Selección, sus patrocinadores y los medios, venden esa idea de apoyar incondicionalmente al equipo mexicano. Y la afición, repito, compra esa idea y enciende los televisores cada partido de octavos de final de mundial con la esperanza ciega de que se logre trascender más allá... Y pierden. Ya será para la otra. Ni modo. ¡Viva México! ¡Viva la Selección! No ganaron, pero ¡qué bien jugaron! No ganan, pero juegan bonito... como el Atlas.

Alemania nunca ha perdido en octavos de final, ha quedado campeón tres veces y son, básicamente, dueños de toda la infraestructura futbolística (balón incluido). Festejan si ganan. Si no, se revisa en qué se falló y se busca la manera de resolverlo. En Brasil no es considerado un fracaso perder en octavos, sino el no ser campeones mundiales; es famosa una imagen de aficionados derribando una estatua de Ronaldinho tras el mundial de 2006. Italia regresa derrotado y agreden a Cannavaro. ¿Y, en México? Nada. Ahí para la otra.

Se debe aprender a celebrar las verdaderas victorias. México vence a Francia en fase de grupos y los aficionados nos arremolinamos y empujamos en la Minerva, la Macroplaza o el Ángel de la Independencia. Celebramos, pero, me pregunto, ¿qué celebramos? No se ha ganado aún nada en la selección mayor. Se pierde y no se reclama, no se exige, no se pelea. Los aficionados somos los que soportamos este circo llamado futbol y, aun así, nos hemos acostumbrado a perder. Vale la pena, por ello, replantear qué celebramos y qué exigimos, porque sí hay talento, simplemente no se llega más lejos.